martes, 22 de abril de 2014

Las quinces islas desiertas más grandes

Isla Bylot




Situada al norte de la isla de Baffin, la más grande de Canadá, la Isla Bylot debe su nombre a un explorador británico que fue el primero en llegar allí en 1616. Tiene 11.068 kilómetros cuadrados y su insularidad no pudo probarse hasta dos siglos y medio largos más tarde, en 1872, cuando un barco ballenero la rodeó finalmente. Está tan cerca de la isla de Baffin que los Iniut de por allí la visitan a menudo caminando durante el larguísimo invierno ártico.

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Isla Elief Ringnes

Situada en el vastísimo Archipiélago Ártico Canadiense debe su nombre a un cervecero noruego que patrocinó la expedición del navío Fram capitaneada por Otto Sverdup entre 1898 y 1902. En reconocimiento a su aportación, dos islas descubiertas por la expedición fueron llamadas Elief Ringnes y Amund Ringnes.

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Isla de la Revolución de Octubre


El archipiélago de la Tierra del Norte, el último en ser descubierto y cartografiado, en una fecha tan tardía como 1933, lo forman islas con nombres como Revolución de Octubre, Komsomolets (por el Komsomol, las juventudes comunistas de la URSS) o Bolchevique. 
La de la Revolución de Octubre tiene 14.170 kilómetros cuadrados de extensión.


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La Revolución de Octubre es la de en medio. La de arriba es la de las juventudes leninistas y la de abajo la Bolchevique.

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Nordaustlandet

El archipiélago de Svalbard está compuesto por tres islas principales, Spitsbergen, Edgeøya y Nordaustlandet, de las cuales únicamente la primera está habitada. 
El nombre de la isla viene a significar “Tierra del Nordeste” y tiene una extensión de 14.433 kilómetros cuadrados.

Nordaustlandet

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Isla Thurston

Con sus 15.700 kilómetros cuadrados, sus 215 kilómetros de largo y unos noventa de ancho en su punto más amplio, la isla Thurston es la tercera más grande de la Antártida. Situada muy por debajo del círculo polar, está cubierta de hielo permanentemente. 
En 1946 un avión del ejército de EE.UU. se estrelló allí. Murieron tres personas y hubo seis supervivientes, que tuvieron que esperar trece días en mitad del hielo a ser rescatados. Los restos de los fallecidos fueron enterrados en la isla y allí siguen casi setenta años después.

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Isla del Príncipe Patrick


La Isla del Príncipe Patrick debe su nombre a un gobernador de Canadá que también era hijo, casualmente, de la Reina Victoria. 
La isla estuvo habitada por científicos de Canadá y EE.UU. hasta 1997, fecha en la que se automatizó la estación meteorológica que todavía hay en la isla. Desde entonces permanece yerma y gélida. Como suele ocurrir en semejantes latitudes.
Tiene una extensión de 15.700 kilómetros cuadrados.

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Isla de Barhurst 

La isla de Bathurst estuvo habitada por los antecesores de los Inuit probablemente hasta el siglo XIII de nuestra era, según las excavaciones arqueológicas que se han llevado a cabo en Brooman Point, pero desde entonces allí no vive nadie. 
La isla en sí es otra del grupo de islas de la Reina Isabel, en Canadá, y su silueta no pudo ser cartografiada correctamente hasta 1947 debido al hielo permanente que la cubre tanto a ella como a todos los islotes cercanos.
Tiene una extensión de 16.042 kilómetros cuadrados.

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Bathurst

 

Isla Somerset

La isla Somerset estuvo habitada por los Thule hacia el siglo XI. También estuvo habitada entre 1937 y 1948, mientras estuvo activo el puesto comercial de Fort Ross, que se cerró debido a las infernales condiciones climáticas. Los restos abandonados del puesto se usan como refugio por los Inuit de Resolute y Taoloyak, situados al norte y sur del lugar, respectivamente.
Tiene una superficie de 24.786 kilómetros cuadrados.

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Isla del Príncipe de Gales


Tieen una extensión de 33.339 kilómetros cuadrados y fue descubierta para los europeos en 1851, durante una de las muchas expediciones que buscaron a John Franklin y a sus hombres, desaparecidos en 1845. Nunca ha estado habitada.

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Isla de Melville

La isla de Melville fue descubierta para los europeos por William Parry. 
La isla lleva el nombre del Vizconde de Melville. En un extremo de la isla se encuentra la Piedra de Parry o Parry’s Rock, un pedrusco enorme que el propio Parry grabó cuando pasó un invierno en la isla tras recorrer parte del Paso del Noroeste.
Tiene una extensión de 42.149 kilómetros cuadrados.
 
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Isla de Axel Heiberg

Axel Heiberg fue un diplomático noruego que tras pasar un tiempo en China y con lo ahorrado allí conoció a unos hermanos y puso el capital para montar una fábrica de cerveza con ellos, y se dedicaron a patrocinar expediciones polares. 
Tiene una superficie de 43.178 kilómetros cuadrados.

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En Axel Heiberg hay una estación científica levantada en los años sesenta, y que lllegó a tener veinte habitantes permanentes, pero actualmente se encuentra semiabandonada y sólo se usa en veranos esporádicos. 
Axel Heiberg, por su parte, tiene más islas a su nombre. Las rusas Islas Heiberg fueron descubiertas por Fidtjof Nansen y también dedicadas al diplomático noruego.

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Isla de Berkner


La Isla de Berkner es la segunda mayor isla de la Antártida; se encuentra dentro de la zona de reclamación argentina, y de hecho al norte de la isla se halla la estación Belgrano III, inactiva desde 1984. También la reclama el Reino Unido en su totalidad, mientras que Chile tan sólo afirma ejercer la soberanía sobre una pequeña porción del sudoeste de la isla. 
El concepto de isla en este caso, por cierto, es extremadamente laxo. Berkner se encuentra cubierta de y rodeada por hielo todo el año, de manera que uno puede ir caminando desde allí a cualquier otro punto de la Antártida. 
Tiene una superficie de 43.783 kilómetros cuadrados.

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Isla Séverny

El Archipiélago de Nueva Zembla (Nueva Tierra, en ruso) es la continuación de los Montes Urales más allá de la Costa Ártica de la Rusia continental. 
Estuvo poblado por nativos de la etnia Nenezo hasta los años 50, cuando los nenezos fueron evacuados al continente y Nueva Zembla transformada en la zona de pruebas nucleares de la Unión Soviética, y el lugar convertido en una zona clasificada. Se supone que allí hay una base rusa, pero lo cierto es que la información acerca de ella es absolutamente nula. 
Sólo es seguro que en el punto más al norte de la isla hay una estación meteorológica automatizada.
La isla tiene una superficie de 47.079 kilómetros cuadrados.

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La isla Séverny (literalmente, Isla Norte) fue el lugar donde se lanzó la mayor bomba termonuclear jamás explosionada: la Bomba del Zar, con sus nada menos que 57 megatones, supuso una potencia explosiva superior (muy superior, de hecho) a todas las bombas lanzadas durante la II Guerra Mundial. Incluidas las dos de Hiroshima y Nagasaki. Y los lanzamientos de prueba previos. 
La explosión fue tan masiva que reventó ventanales a 800 kilómetros de distancia y el sonido dio tres veces la vuelta al mundo. La bola de fuego incineró instanáneamente un círculo de siete kilómetros de diámetro, y redujo a cenizas todo lo que había en una distancia cinco veces superior, arrasando casi cuatro mil kilómetros cuadrados de territorio. De haberse tratado de una bomba nuclear normal (de fisión, no de fusión) el área radiactiva habría sido mucho mayor que la que dejó Chernóbil.

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Isla de Alejandro I

Fue descubierta por un germano-ruso que le dio el nombre de Tierra de Alejandro I, el zar reinante por aquel entonces (1821). Es la isla más grande de la Antártida con una extensión de 49.070 kilómetros cuadrados.
La insularidad del lugar no fue probada hasta 120 años más tarde por el ejército de Estados Unidos. 
En la isla hay una base británica llamada Fossil Bluff que es operada algunos veranos.

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Isla de Devon

La Isla de Devon con sus 55.247 kilómetros cuadrados es la sexta más grande de Canadá y la vigésimo séptima más grande del mundo. 
Se ha intentado poblar la descomunal isla en dos ocasiones (1924 y 1948) para reafirmar la soberanía canadiense sobre el archipiélago, y en ambos casos la experiencia fue un fracaso. Actualmente sólo se pueden encontrar las ruinas de edificios de lo que un día fue Dundas Harbour. 
La isla se encuentra cubierta de hielo en su mayor partey en su parte más gruesa, la capa de hielo alcanza los novecientos metros de espesor, y el punto más alto de la isla casi llega a los dos mil metros sobre el nivel del Océano Glacial Ártico.

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Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta

La historia de la Orden de Malta se remonta a los albores de la Alta Edad Media europea, allá por la mitad del siglo XI, cuando fue fundado el Hospital de San Juan en Jerusalén.
Por aquella época la conocida como Tierra Santa estaba en manos del Califato Fatimí, a la que se lo arrebataron los cruzados en el año 1099.
En 1113, una bula les puso bajo el mando directo del Papa y les eximió de dar cuentas a las autoridades jerosolimitanas.
Siglo y tres cuartos más tarde, con la caída de San Juan de Acre, la cristiandad fue echada de Tierra Santa de forma definitiva y la orden hospitalaria estableció su sede en Chipre, y posteriormente en Rodas, a partir de 1310. En Rodas se establecieron como algo muy similar a lo que hoy llamaríamos nación independiente, con sus jerarquía y sus leyes aplicables en todo el territorio.


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(bandera de la orden de Malta)
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(bandera de la Orden de Malta con la cruz)

De Rodas fueron expulsados por Solimán el Magnífico dos siglos y pico más tarde, en 1523.
Los caballeros fueron expulsados de la isla y vagaron sin rumbo ni territorio  propio durante lustro y medio, hasta que el Emperador Carlos V (I de España) les cedió la isla de Malta y sus alrededores. Y de ahí que se llamen Orden de Malta.
En Malta estuvieron durante los siguientes 268 años, sobreviviendo a asedios turcos, participando en la famosa Batalla de Lepanto hasta que llegó Napoleón Bonaparte que se quedó el archipiélago maltés y posteriormente se lo regaló a Inglaterra.
Los ingleses firmaron un tratado en el que se estipulaba su devolución a la Orden, pero no lo hicieron y Malta acabaría independizándose del Reino Unido en septiembre de 1964.
Allí nació la aterritorialidad de la Orden de Malta.
Tras disponer de diversas sedes en varias ciudades italianas acabó fijándola en Roma allá por 1844 y volvieron a dedicarse a su labor original, hospitalaria y de beneficiencia.
La peculiar historia de la orden maltesa culmina con la más que atípica situación actual, en la cual se le reconoce como un ente soberano pero no se le reconoce soberanía sobre ningún territorio. Ahora bien, como casi cualquier otro ente soberano, mantiene relaciones diplomáticas con otros países (más de cien) y posee estatus de observador en múltiples instituciones internacionales, como la Asamblea General de las Naciones Unidas, la FAO, la Agencia de la Energía Atómica o la UNESCO. Emiten sus propios pasaportes (aunque sólo hay tres personas a las que se le reconoce la ciudadanía de la Orden) y tienen sus embajadas, nada menos que 75, que tienen estatus de extraterritorialidad, es decir, aunque son parte del territorio soberano del país en el que se hallen, se encuentran eximidas de cumplir la legislación local, o parte de ella.

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La isla de San Martín


San Martín es una isla caribeña de algo menos de noventa kilómetros cuadrados situada a unos 250 kilómetros al este de Puerto Rico, al norte de la cadena de islas conocida como Antillas Menores, en la parte denominada ilas de Barlovento.

Es un lugar de playas de arena blanca, temperaturas cálidas todo el año, escasas lluvias.
Tiene 87 kilómetros cuadrados de superficie y está dividida entre dos países que están como a siete mil kilómetros de distancia de la isla.

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La isla de San Martín es la única frontera entre Francia y Holanda.

El primer europeo en avistarla fue Cristóbal Colón (o alguien de su barco) en el segundo viaje del marino a América, en 1493. Nunca llegó a pisar la isla, a la que llamó San Martín por ser el santo de ese día (11 de noviembre), y para España nunca llegó a ser una prioridad.
Sin embargo, a ello le siguió siglo y pico de escaramuzas entre las potencias coloniales de la época. En 1648 los españoles, que se habían hecho con la isla a costa de los holandeses quince años antes, decidieron abandonar la isla, y franceses y holandeses se la repartieron en el Tratado de la Concordia. La frontera exacta no fue fijada hasta un par de siglos más tarde, lo que provocó innumerables disputas y hasta dieciséis cambios en el trazado de los límites. Entre medias los británicos la ocuparon durante unas cuantas décadas. Fue en 1838 cuando se firmó el trazado fronterizo.

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Administrativamente la parte francesa (Saint-Martin) es una de las llamadas colectividades de ultramar, una figura jurídica que garantiza un estatus especial al territorio dentro de la República Francesa.
Saint-Martín formaba parte hasta 2007 del Departamento de Ultramar de Guadalupe, que envía un diputado a la Asamblea Francesa. A partir de ese año se estableció por su cuenta.
También forma parte de las llamadas Regiones Ultraperiféricas de la Unión Europea, junto con las Canarias, Azores y otro puñado de territorios, la mayoría franceses.

La parte holandesa (Sint Marteen) es desde 2012, una de las cuatro partes constituyentes del Reino de los Países Bajos (las otras tres son los Países Bajos propiamente dichos, Aruba y Curazao).

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En la actualidad la isla tiene algo más de 75.000 habitantes, distribuidos de manera más o menos equitativa. No sucede lo mismo con la superficie; Francia dispone de 53 kilómetros cuadrados, mientras que los Países Bajos se quedan con los 34 restantes.
Las dos partes de la isla viven fundamentalmente del turismo, que comenzó a desarrollarse a mediados del siglo pasado, y que actualmente ha convertido a San Martín en uno de los principales destinos turísticos del Caribe, con más de un millón de turistas cada año.
Ninguna de las dos partes de la isla forma parte del espacio Schengen, y hay controles de pasaportes al volar hacia o desde la isla, pero entre los dos lados raramente hay controles.

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En cuanto a los idiomas, la variedad es también bastante grande, especialmente tratándose de una isla tan pequeña. En el lado galo el francés es el único idioma oficial, mientras que en la parte holandesa el neerlandés y el inglés comparten ese estatus. En toda la isla se usa predominantemente el inglés, pero también se habla portugués, español (por los inmigrantes de la República Dominicana) y papiamento (idioma que se habla en Aruba).

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La moneda utilizada en la parte francesa es el euro, pero en el lado holandés utilizan en florín Caribeño (hasta el 2012 usaban el florín Antillano).

lunes, 1 de julio de 2013

Coliseo de Roma



En el año 80 d.C., la inauguración del Coliseo por el emperador Tito dio lugar a las fiestas más grandiosas de la historia de Roma. Años después, el poeta Marcial recordaba que gentes de todos los confines del Imperio, desde britanos, tracios y sármatas hasta árabes, egipcios y etíopes habían acudido a la capital del Imperio para contemplar las fieras más exóticas y a los más famosos gladiadores, envueltos en exhuberantes cacerías y emocionantes combates. A lo largo de los cien días que duraron los festejos se derramó la sangre de 9.000 animales salvajes, abatidos por cazadores profesionales (venatores), y se representaron truculentos combates terrestres en los que perdieron la vida cientos de personas, así como una naumaquia, una batalla naval entre corintios y corfiotas, la única ocasión en que el gran anfiteatro Flavio se llenó de agua.


Aquel programa de juegos del año 80 fue recordado por los historiadores precisamente por su originalidad y magnificencia. Pero el pueblo se mostraba igualmente entusiasmado con espectáculos más comunes, como los combates gladiatorios (munera gladiatoria) y las cacerías (venationes) que sufragaban cada año los magistrados durante sus campañas electorales, o que ofrecía la familia imperial en las principales fiestas del Estado. Los combates duraban habitualmente entre tres y seis días, y se anunciaban por medio de pintadas en las fachadas de casas, edificios públicos y tumbas. La víspera de los combates, los espectadores hacían cola a las puertas del anfiteatro para recoger las entradas gratuitas. Durante la noche, las fieras salvajes eran llevadas en jaulas hasta los subterráneos del anfiteatro desde los vivaria, los parques en los que estaban confinadas, situados al nordeste de Roma, cerca de los campamentos de la guardia pretoriana. Mientras tanto, los gladiadores celebraban en público una cena libera, en la que el pueblo podía ver de cerca a los héroes que más admiraba.


Empieza el espectáculo

El día de los juegos, desde primera hora de la mañana, las gradas del Coliseo se llenaban con 50.000 espectadores que llegaban, según Tertuliano, «fuera de sí, ya agitados, ya ciegos, ya excitados por sus apuestas». El programa empezaba con un espectáculo matutino protagonizado por animales salvajes. A menudo comenzaba con una exhibición de animales exóticos, que muchas veces eran totalmente desconocidos para el público. En el año 58 a.C., Emilio Escauro llevó a Roma desde Egipto hipopótamos y cocodrilos, y Pompeyo trajo rinocerontes que fueron descritos como «jabalíes con cuernos». Poco después, Julio César mostró la primera jirafa en la arena. Algunos animales estaban amaestrados y podían representar complejas coreografías e incluso ejecutar acrobacias como andar sobre la cuerda floja. Durante la inauguración del Coliseo, un elefante se postró en posición suplicante ante el emperador «sin que su domador se lo enseñara», afirmó Marcial.



Los combates entre fieras se disponían en series consecutivas (missiones) y se combinaban de tal manera que la lucha fuera lo más dramática y atrayente posible. Se podía lanzar a la arena simultáneamente a un elefante y un toro, un rinoceronte y un oso, un tigre y un león, o grupos de animales de una misma especie, a veces atados entre sí. Los lanzamientos mixtos de muchas fieras (missiones passivae) concluían por lo general con una batida de caza protagonizada por una multitud de venatores, que iban provistos de un venablo y vestían una túnica corta y correas de cuero en torno a sus piernas. El emperador Probo, por ejemplo, mandó a la arena al mismo tiempo cien leones, cien leopardos africanos y otros cien sirios, y trescientos osos, en un «espectáculo más grande que agradable», según anota Dión Casio.

La reacción de los animales no siempre era la esperada. Asustados por la algarabía de las gradas, enfermos o debilitados por una prolongada cautividad, podían negarse a salir de sus jaulas. En tales casos, los domadores los pinchaban, los azuzaban con antorchas o maniquíes en llamas o recurrían a medios más patéticos, como narra Séneca: «Los sirvientes del anfiteatro han encontrado un nuevo método para irritar a las bestias poco antes de enviarlas arriba desde los subterráneos de la arena. Para ponerlas feroces, se muestran ante ellas en el último momento atormentando a sus crías. Y he aquí que la naturaleza feroz de las fieras se triplica y el amor hacia sus cachorros las hace del todo indomables y las empuja como enloquecidas contra las lanzas de los cazadores».


Piruetas y ejecuciones

Con el paso del tiempo, y debido a la extinción de algunas especies de carnívoros en el norte de África por las terribles masacres del anfiteatro, se pusieron de moda las exhibiciones de agilidad de los cazadores, que se lucían haciendo piruetas y acrobacias ante las bestias, saltando con pértiga sobre ellas o tirándose desde un caballo a galope sobre el lomo de un toro bravo.

Los animales también se usaban en el espectáculo de mediodía, conocido como damnatio ad bestias y que servía de intermedio entre las venationes y los combates de gladiadores. Consistía en hacer salir a la arena a condenados a muerte, desnudos y desarmados, para que fueran devorados por las fieras. Con el fin de hacer la agonía más atractiva, a veces se disfrazaba al reo con los atributos de héroes míticos cuya vida había tenido un trágico fin, como Orfeo e Ícaro. En otras ocasiones, el entreacto se ocupaba con la actuación de cómicos que parodiaban las luchas de gladiadores.


El plato fuerte de los juegos

Los combates entre gladiadores se anunciaban con un toque de trompeta y comenzaban con un desfile por la arena, encabezado por el organizador de los juegos. Tras comprobar el estado de las armas, comenzaban las luchas y el público gritaba entusiasmado desde las gradas: «¡Lo ha tocado!», o «¡Mátalo!» o «¡Perdónalo!» cuando la lucha terminaba. Con mucha frecuencia, los vencidos que habían combatido con valentía y honor recibían el perdón del público. De hecho, Augusto prohibió los combates en los que se daba muerte a todos los vencidos por considerarlos una costumbre bárbara.

Los muertos eran retirados por la puerta Libitinaria y llevados al destrictorium, «un laboratorio infernal, repleto de hierbas de todo tipo, hojas cubiertas por signos incomprensibles y desechos humanos arrancados a los cadáveres antes de darles sepultura. Aquí narices y dedos, allá uñas con restos de carne arrancadas a los crucificados; más allá sangre también recogida de hombres muertos y pedazos de cráneos humanos arrancados a los dientes de las bestias feroces», describe Apuleyo. Los animales muertos se despedazaban y se vendían. La plebe, según Tertuliano, consumía la carne de leones y leopardos, y pedía las tripas de los osos, «donde se encuentra todavía mal digerida la carne humana». Ante nada retrocedían los romanos en su pasión por los espectáculos de gladiadores y nada los disuadió de acudir al Coliseo durante largo tiempo, ni siquiera el triunfo del cristianismo; el último espectáculo registrado en el gran anfiteatro fue una venatio, en el año 523.

sábado, 29 de junio de 2013

Partia



En el año 53 a.C. Marco Licinio Craso, compañero de Pompeyo el Grande y de Julio César en el triunvirato que regía Roma en ese momento, se puso al frente de un enorme ejército, formado por siete legiones, 4.000 soldados de infantería y otros tantos de caballería, y emprendió la marcha hacia Oriente. Su propósito era dar el debido escarmiento a los partos, un pueblo radicado en Mesopotamia e Irán, al que los romanos suponían tan débil y afeminado como todos los bárbaros del este. Tras cruzar el Éufrates, Craso y sus hombres avanzaron por un territorio desolado, sin agua, bajo un sol abrasador, hasta que llegaron a la llanura de Carras, cerca de la actual ciudad turca de Harrán, situada entre las cabeceras del Tigris y el Éufrates. Allí divisaron por fin al enemigo, unos destacamentos de jinetes sucios y cubiertos de polvo que sumaban apenas 10.000 hombres, en contraste con los 50.000 soldados de los invasores. La victoria parecía al alcance de la mano.


Pero entonces los legionarios escucharon el sonido ronco y terrible de unos tambores de bronce, «mezcla del rugido de fieras y estampido del trueno», según escribió Plutarco; a continuación, los jinetes enemigos se quitaron las capas que los cubrían dejando al descubierto destellantes yelmos, corazas y cotas de malla de hierro y acero. Cuando Craso ordenó atacar, los partos fingieron retirarse para luego realizar una maniobra envolvente que les permitió acribillar a flechazos a los legionarios. El combate duró todo el día y terminó en un desastre completo para los romanos, con nada menos que 20.000 muertos. El propio Craso pereció en una escaramuza. Su cuerpo fue llevado ante el monarca parto, quien ordenó introducirle por la garganta oro fundido como castigo por su legendaria avaricia.


El gran enemigo de Roma

La derrota de Craso en Carras fue la peor que habían sufrido los romanos desde las guerras púnicas; se la puede comparar con la de Cannas, ante Aníbal, en 218 a.C. Fue, en todo caso, el comienzo de una larga historia de enfrentamientos entre Roma y los partos, un pueblo guerrero asentado en Irán y que desde hacía dos siglos había creado un poderoso Imperio en Asia Central y Mesopotamia. Después de Carras, los romanos lanzaron campañas de saqueo más allá de la frontera del Éufrates y se inmiscuyeron a menudo en las luchas de poder en la corte parta, apoyando incluso a algunos candidatos al trono. En 116 d.C., tras una espectacular invasión, Trajano llegó a tomar la capital parta, Ctesifonte. Pero los partos resistieron todas las acometidas. Como escribía el retórico Marco Cornelio Frontón, «los partos fueron los únicos que llevaron el nombre nunca despreciable de enemigos del pueblo romano». Y esto no era una hipérbole propia del arte de la oratoria, sino una realidad palpable. Desde la derrota de los cartagineses –el gran enemigo en la historia política y en la memoria colectiva de los romanos–, Roma no encontró un antagonista como Partia, ni un rival con un potencial equivalente en cuanto a su extensión, población y capacidad económica.
La importancia del ejército

Para entender los orígenes de Partia es necesario retroceder a la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno. A la muerte del conquistador, en 323 a.C., surgió en Irán y Mesopotamia el gran Imperio seléucida, fundado por Seleuco, uno de los generales del monarca macedonio. Muy pronto, los seléucidas tuvieron dificultades para mantener la integridad de su territorio, especialmente en el este, donde se independizaron los sátrapas (gobernadores provinciales) de Bactria y Partia.

Aprovechando esta situación, la tribu irania de los parni se apropió del territorio de Bactria en el año 247 a.C. Los partos estaban dirigidos por Arsaces, a quien se considera el fundador de la dinastía arsácida; un «hombre de origen incierto, pero de valor reconocido... acostumbrado a vivir del saqueo y del robo», decía Justino Frontino, historiador romano del siglo II. En las décadas siguientes, a través de un proceso largo y tortuoso, los partos se apropiaron de todo el territorio seléucida. Resultó determinante la conquista de Mesopotamia, con sus grandes centros urbanos –como Seleucia, Ctesifonte, Nippur, Uruk y Babilonia–, que se convirtió en el núcleo del Imperio parto. Los soberanos partos extendieron su dominio desde el Éufrates hasta Bactria y desde la India y Asia Central hasta el golfo Pérsico y el océano Índico. No exageraba el ya citado Justino cuando afirmaba que «ahora [en el siglo II] el dominio de Oriente está en poder de los partos, como si hubiesen hecho una distribución del mundo con los romanos».

El gran baluarte del poder parto era su ejército. Se ha afirmado a veces que la organización militar parta era de tipo feudal y que la realeza, a falta de un ejército permanente, debía recurrir a contingentes privados en ocasiones críticas. Sin embargo, los estudios recientes muestran que los arsácidas disponían de guarniciones estables en las fronteras, además de puntos fortificados, cuyo mantenimiento requería un gobierno central organizado. En cualquier caso, el arma fundamental de los partos fue la caballería. Los jinetes partos destacaban por su extraordinaria habilidad de monta y por su destreza en el uso del arco. Causaba terror el denominado «disparo parto», consistente en simular huidas y aniquilar luego a sus oponentes con tiros certeros. Pompeyo Trogo, historiador del siglo I a.C., lo describía así: «Luchan a caballo, ya lanzándose, ya volviendo grupas, y a menudo simulan la fuga para tener desprevenidos a sus contrarios que los persiguen». Así cayó la hueste de Craso en la batalla de Carras. También disponían de una caballería pesada, formada por los llamados catafractos o clibanarios, que actuaban como fuerzas de choque. Agrupados en nutridos contingentes, los jinetes estaban protegidos por pesadas cotas de malla –que también cubrían a los caballos– e iban armados con largas lanzas que sembraban el caos y la muerte entre la infantería enemiga. Debido a los altos costes del equipamiento, estas tropas estaban formadas por aristócratas. En cambio, la infantería arsácida parece haber sido débil.

Situado en el corazón del continente euroasiático, el Imperio parto fue una auténtica encrucijada de tradiciones culturales, religiosas y artísticas. Sin olvidar nunca su pasado nómada, los partos absorbieron elementos de la cultura persa, de la mesopotámica y también de la griega, que había arraigado en Asia Central durante el dominio seléucida; así, utilizaron el griego como lengua de burocracia y comercial, junto con el arameo y el pártico. Sin embargo, poco a poco fueron afirmando los valores específicamente persas; los monarcas adoptaron el título de Rey de Reyes y se consideraron sucesores directos de los aqueménidas, la última dinastía persa derrocada por Alejandro.
Un imperio multicultural

En el plano religioso imperaba también una enorme diversidad. La casa real parta, como buena parte de la población irania, era adepta del zoroastrismo, la religión oficial del antiguo Imperio persa aqueménida. En las ciudades mesopotámicas se mantenía la devoción a antiguos dioses orientales, como Bel, Nabu, Assur, Inanna, Anu, Shamash o Sin, muchos de los cuales se identificaban a su vez con las divinidades griegas. Así, Nabu, el dios babilonio de la sabiduría, se identifica con Apolo; Nanaya, la diosa sumeria del amor, con Artemisa, y Nergal, el dios sumerio del inframundo, con Hércules. Las grandes religiones monoteístas se hicieron también presentes. El judaísmo arraigó en zonas como Babilonia e incluso la casa real de Adiabene –principado en la frontera entre el Imperio parto y Armenia– se convirtió a esta fe; el budismo, originario del noreste de la India, se dejaba sentir en los confines del Imperio, y el cristianismo se difundió desde el siglo I d.C., como prueba la existencia de un obispo en Seleucia. Igualmente se propagaron nuevos cultos, como el mitraísmo –que tendría una espectacular expansión por los dominios romanos– y el maniqueísmo, religión que se basa en la existencia de dos principios encontrados: el bien y el mal; su líder, Mani, era un arsácida, aunque la expansión de su doctrina se sitúa al inicio del período sasánida.

Los partos tuvieron, asimismo, un papel decisivo en la creación de la Ruta de la Seda, la gran vía comercial que unía China con el Próximo Oriente y, desde allí, con el Imperio romano, por la que circulaban toda clase de valiosos productos, en particular los tejidos de seda. Tras establecer relaciones diplomáticas con la dinastía Han, los partos promovieron la ruta a través de sus dominios, garantizando la seguridad y las paradas para las caravanas y, a la vez, recaudando peajes y aranceles.

El año 224 marcó el final del dominio parto. Ardashir, príncipe de una pequeña ciudad de Persia, se alzó contra el rey Artabano IV y lo derrotó en la batalla de Hormuzjan. Poco después ocupó la capital, Ctesifonte. Proclamado Rey de Reyes e invocando la protección del dios Ahura Mazda, Ardashir dio inicio a un nuevo imperio persa y mesopotámico, el sasánida, que durante cuatro siglos se alzaría ante Roma y Constantinopla como una amenaza no menos temible que la representada por sus predecesores partos.

lunes, 20 de mayo de 2013

Lagos Banff


Los glaciares de las montañas Rocosas canadienses, desaguan con su particular color gracias a la erosión de los suelos rocosos, para terminar alimentando ríos, arroyos y lagos de agua turquesa. En el marco de un paisaje de montaña y bosques de coníferas terminan por conformar uno de los paisajes de montaña más bonitos del mundo.



El parque nacional Banff es el más viejo de Canadá, una enorme zona protegida donde se encadenan lagos como el Louise, el Lago Peyto, el Moraine, o el Bow, espejos de agua turquesa impresionantes por su coloración. Pero también, son atractivas formaciones como el majestuoso cañón modelados por arroyos (también de aguas turquesa) como el Johnston. Situado a unas dos horas de Calgary, en la provincia de Alberta, existe una carretera (Icefields Parkway) que conecta Banff con el Parque Nacional Jasper y Yoho, una ruta escénica que se cuenta entre las más espectaculares para recorrer en Canadá. Lo que sigue, es una selección de fotos de del entorno de los lagos y ríos turquesa de Banff, una forma de confirmar la belleza incomparable de la que hablamos: