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martes, 22 de abril de 2014

Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta

La historia de la Orden de Malta se remonta a los albores de la Alta Edad Media europea, allá por la mitad del siglo XI, cuando fue fundado el Hospital de San Juan en Jerusalén.
Por aquella época la conocida como Tierra Santa estaba en manos del Califato Fatimí, a la que se lo arrebataron los cruzados en el año 1099.
En 1113, una bula les puso bajo el mando directo del Papa y les eximió de dar cuentas a las autoridades jerosolimitanas.
Siglo y tres cuartos más tarde, con la caída de San Juan de Acre, la cristiandad fue echada de Tierra Santa de forma definitiva y la orden hospitalaria estableció su sede en Chipre, y posteriormente en Rodas, a partir de 1310. En Rodas se establecieron como algo muy similar a lo que hoy llamaríamos nación independiente, con sus jerarquía y sus leyes aplicables en todo el territorio.


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(bandera de la orden de Malta)
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(bandera de la Orden de Malta con la cruz)

De Rodas fueron expulsados por Solimán el Magnífico dos siglos y pico más tarde, en 1523.
Los caballeros fueron expulsados de la isla y vagaron sin rumbo ni territorio  propio durante lustro y medio, hasta que el Emperador Carlos V (I de España) les cedió la isla de Malta y sus alrededores. Y de ahí que se llamen Orden de Malta.
En Malta estuvieron durante los siguientes 268 años, sobreviviendo a asedios turcos, participando en la famosa Batalla de Lepanto hasta que llegó Napoleón Bonaparte que se quedó el archipiélago maltés y posteriormente se lo regaló a Inglaterra.
Los ingleses firmaron un tratado en el que se estipulaba su devolución a la Orden, pero no lo hicieron y Malta acabaría independizándose del Reino Unido en septiembre de 1964.
Allí nació la aterritorialidad de la Orden de Malta.
Tras disponer de diversas sedes en varias ciudades italianas acabó fijándola en Roma allá por 1844 y volvieron a dedicarse a su labor original, hospitalaria y de beneficiencia.
La peculiar historia de la orden maltesa culmina con la más que atípica situación actual, en la cual se le reconoce como un ente soberano pero no se le reconoce soberanía sobre ningún territorio. Ahora bien, como casi cualquier otro ente soberano, mantiene relaciones diplomáticas con otros países (más de cien) y posee estatus de observador en múltiples instituciones internacionales, como la Asamblea General de las Naciones Unidas, la FAO, la Agencia de la Energía Atómica o la UNESCO. Emiten sus propios pasaportes (aunque sólo hay tres personas a las que se le reconoce la ciudadanía de la Orden) y tienen sus embajadas, nada menos que 75, que tienen estatus de extraterritorialidad, es decir, aunque son parte del territorio soberano del país en el que se hallen, se encuentran eximidas de cumplir la legislación local, o parte de ella.

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lunes, 1 de julio de 2013

Coliseo de Roma



En el año 80 d.C., la inauguración del Coliseo por el emperador Tito dio lugar a las fiestas más grandiosas de la historia de Roma. Años después, el poeta Marcial recordaba que gentes de todos los confines del Imperio, desde britanos, tracios y sármatas hasta árabes, egipcios y etíopes habían acudido a la capital del Imperio para contemplar las fieras más exóticas y a los más famosos gladiadores, envueltos en exhuberantes cacerías y emocionantes combates. A lo largo de los cien días que duraron los festejos se derramó la sangre de 9.000 animales salvajes, abatidos por cazadores profesionales (venatores), y se representaron truculentos combates terrestres en los que perdieron la vida cientos de personas, así como una naumaquia, una batalla naval entre corintios y corfiotas, la única ocasión en que el gran anfiteatro Flavio se llenó de agua.


Aquel programa de juegos del año 80 fue recordado por los historiadores precisamente por su originalidad y magnificencia. Pero el pueblo se mostraba igualmente entusiasmado con espectáculos más comunes, como los combates gladiatorios (munera gladiatoria) y las cacerías (venationes) que sufragaban cada año los magistrados durante sus campañas electorales, o que ofrecía la familia imperial en las principales fiestas del Estado. Los combates duraban habitualmente entre tres y seis días, y se anunciaban por medio de pintadas en las fachadas de casas, edificios públicos y tumbas. La víspera de los combates, los espectadores hacían cola a las puertas del anfiteatro para recoger las entradas gratuitas. Durante la noche, las fieras salvajes eran llevadas en jaulas hasta los subterráneos del anfiteatro desde los vivaria, los parques en los que estaban confinadas, situados al nordeste de Roma, cerca de los campamentos de la guardia pretoriana. Mientras tanto, los gladiadores celebraban en público una cena libera, en la que el pueblo podía ver de cerca a los héroes que más admiraba.


Empieza el espectáculo

El día de los juegos, desde primera hora de la mañana, las gradas del Coliseo se llenaban con 50.000 espectadores que llegaban, según Tertuliano, «fuera de sí, ya agitados, ya ciegos, ya excitados por sus apuestas». El programa empezaba con un espectáculo matutino protagonizado por animales salvajes. A menudo comenzaba con una exhibición de animales exóticos, que muchas veces eran totalmente desconocidos para el público. En el año 58 a.C., Emilio Escauro llevó a Roma desde Egipto hipopótamos y cocodrilos, y Pompeyo trajo rinocerontes que fueron descritos como «jabalíes con cuernos». Poco después, Julio César mostró la primera jirafa en la arena. Algunos animales estaban amaestrados y podían representar complejas coreografías e incluso ejecutar acrobacias como andar sobre la cuerda floja. Durante la inauguración del Coliseo, un elefante se postró en posición suplicante ante el emperador «sin que su domador se lo enseñara», afirmó Marcial.



Los combates entre fieras se disponían en series consecutivas (missiones) y se combinaban de tal manera que la lucha fuera lo más dramática y atrayente posible. Se podía lanzar a la arena simultáneamente a un elefante y un toro, un rinoceronte y un oso, un tigre y un león, o grupos de animales de una misma especie, a veces atados entre sí. Los lanzamientos mixtos de muchas fieras (missiones passivae) concluían por lo general con una batida de caza protagonizada por una multitud de venatores, que iban provistos de un venablo y vestían una túnica corta y correas de cuero en torno a sus piernas. El emperador Probo, por ejemplo, mandó a la arena al mismo tiempo cien leones, cien leopardos africanos y otros cien sirios, y trescientos osos, en un «espectáculo más grande que agradable», según anota Dión Casio.

La reacción de los animales no siempre era la esperada. Asustados por la algarabía de las gradas, enfermos o debilitados por una prolongada cautividad, podían negarse a salir de sus jaulas. En tales casos, los domadores los pinchaban, los azuzaban con antorchas o maniquíes en llamas o recurrían a medios más patéticos, como narra Séneca: «Los sirvientes del anfiteatro han encontrado un nuevo método para irritar a las bestias poco antes de enviarlas arriba desde los subterráneos de la arena. Para ponerlas feroces, se muestran ante ellas en el último momento atormentando a sus crías. Y he aquí que la naturaleza feroz de las fieras se triplica y el amor hacia sus cachorros las hace del todo indomables y las empuja como enloquecidas contra las lanzas de los cazadores».


Piruetas y ejecuciones

Con el paso del tiempo, y debido a la extinción de algunas especies de carnívoros en el norte de África por las terribles masacres del anfiteatro, se pusieron de moda las exhibiciones de agilidad de los cazadores, que se lucían haciendo piruetas y acrobacias ante las bestias, saltando con pértiga sobre ellas o tirándose desde un caballo a galope sobre el lomo de un toro bravo.

Los animales también se usaban en el espectáculo de mediodía, conocido como damnatio ad bestias y que servía de intermedio entre las venationes y los combates de gladiadores. Consistía en hacer salir a la arena a condenados a muerte, desnudos y desarmados, para que fueran devorados por las fieras. Con el fin de hacer la agonía más atractiva, a veces se disfrazaba al reo con los atributos de héroes míticos cuya vida había tenido un trágico fin, como Orfeo e Ícaro. En otras ocasiones, el entreacto se ocupaba con la actuación de cómicos que parodiaban las luchas de gladiadores.


El plato fuerte de los juegos

Los combates entre gladiadores se anunciaban con un toque de trompeta y comenzaban con un desfile por la arena, encabezado por el organizador de los juegos. Tras comprobar el estado de las armas, comenzaban las luchas y el público gritaba entusiasmado desde las gradas: «¡Lo ha tocado!», o «¡Mátalo!» o «¡Perdónalo!» cuando la lucha terminaba. Con mucha frecuencia, los vencidos que habían combatido con valentía y honor recibían el perdón del público. De hecho, Augusto prohibió los combates en los que se daba muerte a todos los vencidos por considerarlos una costumbre bárbara.

Los muertos eran retirados por la puerta Libitinaria y llevados al destrictorium, «un laboratorio infernal, repleto de hierbas de todo tipo, hojas cubiertas por signos incomprensibles y desechos humanos arrancados a los cadáveres antes de darles sepultura. Aquí narices y dedos, allá uñas con restos de carne arrancadas a los crucificados; más allá sangre también recogida de hombres muertos y pedazos de cráneos humanos arrancados a los dientes de las bestias feroces», describe Apuleyo. Los animales muertos se despedazaban y se vendían. La plebe, según Tertuliano, consumía la carne de leones y leopardos, y pedía las tripas de los osos, «donde se encuentra todavía mal digerida la carne humana». Ante nada retrocedían los romanos en su pasión por los espectáculos de gladiadores y nada los disuadió de acudir al Coliseo durante largo tiempo, ni siquiera el triunfo del cristianismo; el último espectáculo registrado en el gran anfiteatro fue una venatio, en el año 523.

sábado, 29 de junio de 2013

Partia



En el año 53 a.C. Marco Licinio Craso, compañero de Pompeyo el Grande y de Julio César en el triunvirato que regía Roma en ese momento, se puso al frente de un enorme ejército, formado por siete legiones, 4.000 soldados de infantería y otros tantos de caballería, y emprendió la marcha hacia Oriente. Su propósito era dar el debido escarmiento a los partos, un pueblo radicado en Mesopotamia e Irán, al que los romanos suponían tan débil y afeminado como todos los bárbaros del este. Tras cruzar el Éufrates, Craso y sus hombres avanzaron por un territorio desolado, sin agua, bajo un sol abrasador, hasta que llegaron a la llanura de Carras, cerca de la actual ciudad turca de Harrán, situada entre las cabeceras del Tigris y el Éufrates. Allí divisaron por fin al enemigo, unos destacamentos de jinetes sucios y cubiertos de polvo que sumaban apenas 10.000 hombres, en contraste con los 50.000 soldados de los invasores. La victoria parecía al alcance de la mano.


Pero entonces los legionarios escucharon el sonido ronco y terrible de unos tambores de bronce, «mezcla del rugido de fieras y estampido del trueno», según escribió Plutarco; a continuación, los jinetes enemigos se quitaron las capas que los cubrían dejando al descubierto destellantes yelmos, corazas y cotas de malla de hierro y acero. Cuando Craso ordenó atacar, los partos fingieron retirarse para luego realizar una maniobra envolvente que les permitió acribillar a flechazos a los legionarios. El combate duró todo el día y terminó en un desastre completo para los romanos, con nada menos que 20.000 muertos. El propio Craso pereció en una escaramuza. Su cuerpo fue llevado ante el monarca parto, quien ordenó introducirle por la garganta oro fundido como castigo por su legendaria avaricia.


El gran enemigo de Roma

La derrota de Craso en Carras fue la peor que habían sufrido los romanos desde las guerras púnicas; se la puede comparar con la de Cannas, ante Aníbal, en 218 a.C. Fue, en todo caso, el comienzo de una larga historia de enfrentamientos entre Roma y los partos, un pueblo guerrero asentado en Irán y que desde hacía dos siglos había creado un poderoso Imperio en Asia Central y Mesopotamia. Después de Carras, los romanos lanzaron campañas de saqueo más allá de la frontera del Éufrates y se inmiscuyeron a menudo en las luchas de poder en la corte parta, apoyando incluso a algunos candidatos al trono. En 116 d.C., tras una espectacular invasión, Trajano llegó a tomar la capital parta, Ctesifonte. Pero los partos resistieron todas las acometidas. Como escribía el retórico Marco Cornelio Frontón, «los partos fueron los únicos que llevaron el nombre nunca despreciable de enemigos del pueblo romano». Y esto no era una hipérbole propia del arte de la oratoria, sino una realidad palpable. Desde la derrota de los cartagineses –el gran enemigo en la historia política y en la memoria colectiva de los romanos–, Roma no encontró un antagonista como Partia, ni un rival con un potencial equivalente en cuanto a su extensión, población y capacidad económica.
La importancia del ejército

Para entender los orígenes de Partia es necesario retroceder a la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno. A la muerte del conquistador, en 323 a.C., surgió en Irán y Mesopotamia el gran Imperio seléucida, fundado por Seleuco, uno de los generales del monarca macedonio. Muy pronto, los seléucidas tuvieron dificultades para mantener la integridad de su territorio, especialmente en el este, donde se independizaron los sátrapas (gobernadores provinciales) de Bactria y Partia.

Aprovechando esta situación, la tribu irania de los parni se apropió del territorio de Bactria en el año 247 a.C. Los partos estaban dirigidos por Arsaces, a quien se considera el fundador de la dinastía arsácida; un «hombre de origen incierto, pero de valor reconocido... acostumbrado a vivir del saqueo y del robo», decía Justino Frontino, historiador romano del siglo II. En las décadas siguientes, a través de un proceso largo y tortuoso, los partos se apropiaron de todo el territorio seléucida. Resultó determinante la conquista de Mesopotamia, con sus grandes centros urbanos –como Seleucia, Ctesifonte, Nippur, Uruk y Babilonia–, que se convirtió en el núcleo del Imperio parto. Los soberanos partos extendieron su dominio desde el Éufrates hasta Bactria y desde la India y Asia Central hasta el golfo Pérsico y el océano Índico. No exageraba el ya citado Justino cuando afirmaba que «ahora [en el siglo II] el dominio de Oriente está en poder de los partos, como si hubiesen hecho una distribución del mundo con los romanos».

El gran baluarte del poder parto era su ejército. Se ha afirmado a veces que la organización militar parta era de tipo feudal y que la realeza, a falta de un ejército permanente, debía recurrir a contingentes privados en ocasiones críticas. Sin embargo, los estudios recientes muestran que los arsácidas disponían de guarniciones estables en las fronteras, además de puntos fortificados, cuyo mantenimiento requería un gobierno central organizado. En cualquier caso, el arma fundamental de los partos fue la caballería. Los jinetes partos destacaban por su extraordinaria habilidad de monta y por su destreza en el uso del arco. Causaba terror el denominado «disparo parto», consistente en simular huidas y aniquilar luego a sus oponentes con tiros certeros. Pompeyo Trogo, historiador del siglo I a.C., lo describía así: «Luchan a caballo, ya lanzándose, ya volviendo grupas, y a menudo simulan la fuga para tener desprevenidos a sus contrarios que los persiguen». Así cayó la hueste de Craso en la batalla de Carras. También disponían de una caballería pesada, formada por los llamados catafractos o clibanarios, que actuaban como fuerzas de choque. Agrupados en nutridos contingentes, los jinetes estaban protegidos por pesadas cotas de malla –que también cubrían a los caballos– e iban armados con largas lanzas que sembraban el caos y la muerte entre la infantería enemiga. Debido a los altos costes del equipamiento, estas tropas estaban formadas por aristócratas. En cambio, la infantería arsácida parece haber sido débil.

Situado en el corazón del continente euroasiático, el Imperio parto fue una auténtica encrucijada de tradiciones culturales, religiosas y artísticas. Sin olvidar nunca su pasado nómada, los partos absorbieron elementos de la cultura persa, de la mesopotámica y también de la griega, que había arraigado en Asia Central durante el dominio seléucida; así, utilizaron el griego como lengua de burocracia y comercial, junto con el arameo y el pártico. Sin embargo, poco a poco fueron afirmando los valores específicamente persas; los monarcas adoptaron el título de Rey de Reyes y se consideraron sucesores directos de los aqueménidas, la última dinastía persa derrocada por Alejandro.
Un imperio multicultural

En el plano religioso imperaba también una enorme diversidad. La casa real parta, como buena parte de la población irania, era adepta del zoroastrismo, la religión oficial del antiguo Imperio persa aqueménida. En las ciudades mesopotámicas se mantenía la devoción a antiguos dioses orientales, como Bel, Nabu, Assur, Inanna, Anu, Shamash o Sin, muchos de los cuales se identificaban a su vez con las divinidades griegas. Así, Nabu, el dios babilonio de la sabiduría, se identifica con Apolo; Nanaya, la diosa sumeria del amor, con Artemisa, y Nergal, el dios sumerio del inframundo, con Hércules. Las grandes religiones monoteístas se hicieron también presentes. El judaísmo arraigó en zonas como Babilonia e incluso la casa real de Adiabene –principado en la frontera entre el Imperio parto y Armenia– se convirtió a esta fe; el budismo, originario del noreste de la India, se dejaba sentir en los confines del Imperio, y el cristianismo se difundió desde el siglo I d.C., como prueba la existencia de un obispo en Seleucia. Igualmente se propagaron nuevos cultos, como el mitraísmo –que tendría una espectacular expansión por los dominios romanos– y el maniqueísmo, religión que se basa en la existencia de dos principios encontrados: el bien y el mal; su líder, Mani, era un arsácida, aunque la expansión de su doctrina se sitúa al inicio del período sasánida.

Los partos tuvieron, asimismo, un papel decisivo en la creación de la Ruta de la Seda, la gran vía comercial que unía China con el Próximo Oriente y, desde allí, con el Imperio romano, por la que circulaban toda clase de valiosos productos, en particular los tejidos de seda. Tras establecer relaciones diplomáticas con la dinastía Han, los partos promovieron la ruta a través de sus dominios, garantizando la seguridad y las paradas para las caravanas y, a la vez, recaudando peajes y aranceles.

El año 224 marcó el final del dominio parto. Ardashir, príncipe de una pequeña ciudad de Persia, se alzó contra el rey Artabano IV y lo derrotó en la batalla de Hormuzjan. Poco después ocupó la capital, Ctesifonte. Proclamado Rey de Reyes e invocando la protección del dios Ahura Mazda, Ardashir dio inicio a un nuevo imperio persa y mesopotámico, el sasánida, que durante cuatro siglos se alzaría ante Roma y Constantinopla como una amenaza no menos temible que la representada por sus predecesores partos.

lunes, 13 de mayo de 2013

Espartaco

Espartaco fue uno de los hombres que más impacto causó en la Historia Antigua.
Condenado a la esclavitud y obligado a combatir como gladiador para divertir al público romano, Espartaco se rebeló contra su destino y decidió cambiar el injusto mundo que le rodeaba. Para ello, entre los años 73 al 71 a.C, Espartaco dirigió la mayor rebelión de esclavos a la que jamás se tuvo que enfrentar la República de Roma y casi provocó el derrumbamiento de la misma, al afectar al corazón de su sistema económico y social: el sistema esclavista. La economía romana estaba basada en el trabajo forzado de esclavos, y sin esclavos que trabajaran los campos, talaran los bosques y explotaran las minas la producción de materias primas quedaba paralizada. Espartaco consiguió libertar a más de 30.000 esclavos, ofreciéndoles algo de que lo carecían hasta la fecha: Esperanza. Pese a ser finalmente derrotado, Espartaco se convirtió en un símbolo eterno de la lucha por la libertad, un hombre que jamás se dio por vencido y que hizo temblar a la mayor potencia de la época.


Espartaco nació en el año 113 a.C en Tracia (territorio que, más o menos, correspondería hoy en día a Bulgaria). Los Tracios eran un pueblo indoeuropeo milenario que tenía una gran tradición militar; su infantería ligera, denominada por los griegos “Peltastas”, estaba armada simplemente con un puñado de jabalinas y un pequeño escudo redondo de madera, pero era sumamente efectiva a la hora de hostigar al enemigo, y en terreno montañoso eran casi imbatibles. Los guerreros tracios solían combatir como mercenarios para las ciudades estado griegas y posteriormente, tras ser conquistada Tracia por Macedonia, acompañaron al famoso Alejandro Magno en sus conquistas.

En la época de Espartaco, los tracios eran un pueblo libre dividido en diversas tribus que luchaban entre sí por expandirse y aumentar sus territorios. Desde muy joven Espartaco destacó como guerrero en las numerosas batallas que su tribu, los Maedi (también denominados Medi o Medos), sostenían contra sus vecinos los “Getas”, una belicosa tribu tracia que habitaba la zona norte del Danubio, en el sur de la actual Rumanía.

Las incursiones de los getas amenazaban no solo a las tribus tracias de Bulgaria, sino a Macedonia, que tras su conquista había pasado a ser una provincia romana. Por ello, los romanos solían reclutar tracios como tropas auxiliares para ayudar en la defensa de Macedonia. Espartaco fue parte de estas tropas de auxiliares que combatieron codo a codo con los romanos frente a los getas. Sin embargo, tiempo después, los romanos comenzaron a expandirse militarmente por Tracia, lo que provocó que Espartaco y otros tracios descontentos decidieran desertar de las tropas auxiliares romanas para volver a sus hogares. Su intento de huida no tuvo éxito y Espartaco fue capturado por los romanos y condenado a la esclavitud por el delito de deserción. Después de la muerte, la esclavitud era la mayor condena que podía sufrir un hombre libre.

Dada su gran fuerza física y su buena salud, Espartaco fue destinado a trabajar en las canteras de yeso, uno de los trabajos más duros a los que se podía enfrentar un esclavo. Sin embargo, el destino no le tenía reservado morir en las minas y tiempo después Espartaco fue comprado por Léntulo Batiato, el dueño de un “ludus”, es decir una escuela de gladiadores, situada en Capua, capital de la Campania, al sur de Roma. Batiato había visto de inmediato el potencial que Espartaco tenía para luchar en la arena, no solo por su fuerza sino por su experiencia como guerrero, así que decidió formarlo como gladiador para que participara en los combates de gladiadores de la arena de Capua.

La vida como gladiador, pese al riesgo continuo de enfrentarse a la muerte en los combates de la arena, era mucho mejor que la vida en las canteras de yeso y muchos esclavos se habrían dado por satisfechos con esta oportunidad de estar bien alimentados y cuidados. Sin embargo, Espartaco no era un hombre común, era un guerrero que amaba la libertad por encima de cualquier cosa y que no estaba dispuesto a someterse. Cansado de luchar a muerte para divertir a los romanos, en el año 73 a.C, Espartaco se alzo en armas contra sus dueños y consiguió escapar del Ludus de Batitato en compañía de otros 74 gladiadores entre los que se encontraban los famosos galos Crixo, Gannicus y Enomao (Oenomaus).

Los gladiadores rebeldes se refugiaron en el monte Vesubio, estableciendo allí una base de operaciones desde la cual lanzaban ataques contra las localidades vecinas, saqueándolas y liberando a los esclavos que encontraban. En poco tiempo, Espartaco consiguió un gran número de seguidores y generó tal alarma, que los romanos decidieron enviar a la zona un contingente de 3.000 soldados, procedentes de las cohortes urbanas, bajo el mando del pretor Claudio Glabro con el objeto de aplastar la rebelión y dar una lección a los esclavos.

Claudio Glabro acampó a los pies del Vesubio, con el objetivo de cercar a los esclavos rebeldes que habitaban en la cima, cortándoles todas las vías de acceso a comida y suministros, lo que a largo plazo les obligaría a rendirse o morir de hambre. Sin embargo, Glabro se olvidó de fortificar su propio campamento, pensando que los esclavos no se atreverían a descender del monte para atacar a sus soldados. Obviamente, el cálculo del inepto Glabro salió mal, ya que al amparo de la noche los gladiadores de Espartaco atacaron el campamento romano. Tomados por sorpresa, los romanos fueron derrotados por completo y Glabro a duras penas pudo escapar junto a un puñado de hombres. Esta gran victoria causo todo un revuelo en Roma y permitió a Espartaco contar con más adeptos a su causa y con más armas y armaduras (obtenidas de los cadáveres de los soldados de Glabro) con las que defenderse de los romanos.

El éxito de Espartaco, algo inconcebible para los romanos de la época, es comprensible si tenemos en cuenta varios factores: el primero es que Espartaco y el resto de gladiadores tenían una experiencia en combate cuerpo a cuerpo muy superior a los destacamentos de guardias urbanos enviados a capturarles. Segundo: las legiones romanas, que contaban con soldados profesionales mucho más experimentados, estaban fuera de Italia, luchando contra la rebelión de Sertorio en Hispania y contra el rey Mitridates en Oriente. Por otro lado, la amenaza de los esclavos fugados no fue tomada en serio hasta mucho después y habría sido ridículo movilizar una legión para capturar a un puñado de esclavos fugados. Tercero: Espartaco marcaba la diferencia. Cualquier otro esclavo fugado habría intentado escapar por su cuenta hacía las Galias o cualquier otro sitio, pero Espartaco no solo quería la libertad para sí mismo, la quería para todos los esclavos, por ello se dedicó a liberar al mayor número posible de ellos. Esta mezcolanza de hombres y mujeres libres no era un ejército, pero era un grupo muy motivado, luchaban por su libertad y por su vida, mientras que los romanos luchaban siguiendo las órdenes de sus superiores pero sin mayor motivación que el orgullo de sentirse superiores a los esclavos. Resumiendo podemos decir que Espartaco les dio a los esclavos fugados algo que habían perdido hace mucho tiempo: Esperanza.

La derrota de Glabro irritó al Senado, pero éste organismo siguió subestimando a los esclavos rebeldes. Como hemos dicho antes, las Legiones estaban combatiendo en Hispania y en Asia, pero decididos a resarcirse de la humillante derrota de Glabro, enviaron contra los esclavos a los pretores Lucio Cossinio y Publio Varinio, a los que se dio el mando sobre un contingente de más de 10.000 soldados. Sin embargo, ambos pretores decidieron aprovechar la campaña contra los esclavos para obtener réditos políticos y decidieron actuar cada uno por su cuenta, lo que ocasionó que ambos sufrieran duras derrotas a manos de Espartaco. Lucio Cossinio, tras ser derrotado en varias escaramuzas, fue finalmente asesinado en un ataque enemigo contra su campamento. Varinio por su parte consiguió en una ocasión rodear el campamento de los esclavos, pero estos consiguieron escapar durante la noche tras dejar varios muñecos de paja disfrazados para que simularan que todavía quedaban centinelas en el campamento. Una clara muestra del ingenio de Espartaco y sus hombres.

Finalmente, tras perder varios combates contra los esclavos y sufrir la captura de su caballo y sus emblemas, Varinio tuvo que desistir de continuar la persecución de Espartaco. El año acababa con una nueva derrota de Roma: si ambos pretores hubieran actuado conjuntamente, en vez de buscar la gloria personal, habrían tenido superioridad numérica y táctica sobre Espartaco pero cometieron el mismo error de Glabro: subestimar a los esclavos por el mero hecho de ser esclavos.

Obviamente las fuerzas de Espartaco habían sufrido también bastantes bajas en los enfrentamientos con los pretores romanos, (incluso entre los caídos estaba uno de sus líderes: Eonomao (Oenomaus), pero las victorias cosechadas animaron a numerosos esclavos a fugarse para unirse a sus filas. Tras pasar el invierno entrenado a los nuevos esclavos en el uso de las armas, con la llegada de la primavera el ejercito de Espartaco, cuyos efectivos rondaban ya los 70.000 hombres, se dirigió hacia el sur, arrasando a su paso el territorio de Campania y matando a cuanto romano se ponía a su alcance.

En esta ocasión, ante el escándalo causado por las masacres de ciudadanos romanos en varias ciudades saqueadas por el ejercito de esclavos, el Senado de Roma decidió movilizar contra los esclavos dos ejércitos profesionales, cada uno compuesto por 10.000 legionarios, al mando de los cónsules del año 72 a.C: Gneo Cornelio Léntulo y Lucio Gelio Publícola.

Mientras los ejércitos consulares se preparaban para enfrentarse a los esclavos de Espartaco, estos se encontraban inmersos en el debate sobre: ¿qué hacer ahora?
Aunque no hay información precisa al respecto, se puede afirmar con bastante certeza que el plan de Espartaco consistía en reunir el mayor número posible de esclavos y sacarlos de Italia cruzando los Alpes. Esta era la única posibilidad de libertad para la mayoría de ellos, puesto que una vez fuera de Italia muchos rebeldes podrían escapar a territorios que aún no habían sido conquistados por Roma (como las Galias y Germanía). Espartaco era consciente de que no podría sostener una larga guerra de desgaste contra la República romana, pues esta era inmensamente rica y podría reconstruir fácilmente sus fuerzas armadas recurriendo al reclutamiento forzoso y exigiendo nuevos contingentes de tropas a sus aliados. Por otro lado, los romanos, impulsados por el temor a que los esclavos de otras partes del mundo mediterráneo se decidieran a rebelarse, podían llamar antes de tiempo a las legiones veteranas que combatían en Hispania y en Asia. El tiempo era vital, por eso Espartaco decidió marchar hacia el Norte.

Sin embargo, el contingente de esclavos galos y germanos liderados por el ex-gladiador Crixus, unos 20.000 hombres, decidió no marchar hacia el norte con Espartaco sino continuar la guerra contra los romanos y atacar la mismísima Roma. Por desgracia para ellos, su audaz plan era casi una locura. Su ejército fue interceptado por los 10.000 legionarios del cónsul Lucio Gelio Publícola en las inmediaciones del Monte Gargano, cerca de la costa del Mar Adriático, y , tras una durísima batalla, fue completamente destruido, cayendo el propio Crixus en el combate.
En esta ocasión, la táctica romana se había impuesto a un enemigo superior en número pero falto de ideas.

Mientras Crixus era derrotado, Espartaco y su ejército continuaban su marcha hacia el norte seguidos de cerca por el otro cónsul; Gneo Cornelio Léntulo. El plan romano era que Léntulo consiguiera cortarle el paso a Espartaco mientras Gelio con sus tropas avanzaba por el sur y les cortaba la retirada. Esta maniobra colocaría al ejercito esclavo entre el yunque y el martillo, pero obviamente Espartaco no era ningún tonto y se anticipó a los planes romanos atacando a ambos cónsules antes de que pudieran unir sus fuerzas y derrotando a cada uno de ellos. Sin embargo, ambos cónsules no se dieron por vencidos y tras unir fuerzas intentaron de nuevo cortarle el paso al ejercito esclavo en la región del Piceno. Una vez más, Espartaco supo maniobra hábilmente para derrotar a los incompetentes cónsules y se alzó con la victoria. Los romanos sufrieron numerosas bajas y tuvieron que retirarse desordenadamente a Roma dejando atrás a 300 soldados romanos que cayeron prisioneros. Para honrar la memoria de su amigo Crixus, Espartaco ordenó a los prisioneros romanos combatir entre ellos como gladiadores hasta la muerte. Solo los vencedores salvarían la vida. Esta cruel parodia dice mucho de las ansías de venganza de los antiguos esclavos, sometiendo a sus amos a los mismos castigos que ellos sufrían a diario.

Tras honrar a sus muertos, los esclavos de Espartaco continuaron su marcha hacía el norte. En un último intento de detener a los esclavos, el gobernador de la provincia de la Galia Cisalpina, Craso Longino, junto a sus 10.000 legionarios encargados de defender la frontera, entablo batalla contra el ejercito de esclavos a las afueras de la ciudad de Mutina (actual Módena). Una vez más, Espartaco y sus hombres salieron victoriosos y el camino hacía los Alpes, y la Libertad, quedaba libre de enemigos.

Sin embargo en estos momentos sucede el episodio más extraño de toda esta historia, en vez de seguir adelante y cruzar los Alpes, el ejercito de esclavos dio media vuelta y se encaminó hacia Roma, causando verdadero pánico en sus habitantes, aunque sin poder acercarse o tomarla, ya que los esclavos carecían de maquinas de asedio y la ciudad estaba fuertemente amurallada. Tras este episodio, el ejercito de esclavos se dirigió hacia el sur de Italia para pasar allí el invierno.

¿Por qué dio la vuelta Espartaco? Esa es la gran pregunta y solo podemos usar teorías para justificar decisión. Lo mas lógico sería pensar que el cúmulo de victorias sobre los romanos hubieran generado tal sentimiento de euforia entre los esclavos, que pasaron a creerse invencibles y decidieron castigar a los romanos atacando la mismísima Roma. Ante esta situación, a Espartaco no le habría quedado más remedio que cumplir los deseos de sus hombres o perder el liderazgo sobre ellos. Por otro lado, es comprensible que los esclavos victoriosos tuvieran miedo de cruzar los Alpes y dispersarse en busca de una nueva vida en libertad, perdiendo con ello la confianza y la seguridad que otorga el grupo a los individuos. Sea como fuera, solo Espartaco sabe porque dieron la vuelta y el resto son conjeturas a posteriori. Nunca sabremos la verdad.

Obviamente, la noticia de que el ejercito de esclavos había dado medía vuelta y se acercaba a sus puertas causó verdadero temor en Roma. Esta vez, el Senado decidió acabar con la amenaza de una forma definitiva y para ello recurrió a uno de los nobles más ricos de la ciudad: Marco Licinio Craso. Sin escatimar en gastos, Craso usó su propio dinero para reclutar y equipar 6 legiones nuevas, que unidas a las 4 que habían comandado los cónsules, le daba un total de 10 legiones, una fuerza verdaderamente temible.

Craso decidió detener al ejercito esclavo en la región del Piceno, la mayor parte de sus tropas se pondría a la defensiva para evitar el avance enemigo mientras que su legado (lugarteniente) Mummio flanqueaba a los esclavos con dos legiones. Sin embargo, Mummio decidió atacar por su cuenta al ejercito esclavo y fue completamente derrotado. Para mayor vergüenza, gran parte de sus legionarios acabaron tirando sus armas y huyendo a la carrera. Ante esta derrota, Craso decidió restablecer a toda costa la disciplina entre sus tropas restableciendo el viejo castigo que se aplicaba a los cobardes y desertores: la decimatio. Es decir, a los que huyeron ante sus enemigos los diezmó: condenó a muerte a uno de cada diez. Como todos eran culpables, se echaba a suertes entre cada grupo de diez elegidos a quien le tocaría morir y además, la sentencia la ejecutaban los nueve que se habían librado de la muerte. En resumen, Craso aplicó un durísimo castigo pero que fue muy efectivo, nunca más volverían a huir sus soldados del campo de batalla.

Tras escapar de Craso, Espartaco y sus hombres se instalaron en el extremo sur de la península italiana (actual Calabria), muy cerca del estrecho de Mesina. Estando allí, Espartaco contactó con los piratas de Cilicia, quienes prometieron transportar a los esclavos a Sicilia. Una vez más, el genio estratégico de Espartaco se pone de relieve: si el ejercito esclavo conseguía desembarcar en Sicilia podría conquistarla fácilmente y convertirla en su nueva patria. Una tierra fácilmente defendible de los romanos, dado el gran ejercito que poseía Espartaco en aquellos momentos (algunas fuentes hablan de casi 120.000 hombres).

Ante esta nueva amenaza, Craso reaccionó de dos maneras: uso su fortuna para sobornar a los piratas cilicios y así evitar que embarcaran al ejercito esclavo hacia Sicilia y por otro lado construyó una empalizada con foso que abarcaba un enorme terreno de lado a lado del mar (52km mas o menos), para encerrar a los esclavos en la zona que ocupaban e impedir su avance hacia el norte en busca de provisiones.

Aunque la fortificación de Craso era impresionante, los hombres que la defendían estaban bastante dispersos y tras varios y costosos asaltos, gran parte del ejercito de Espartaco consiguió abrirse paso y avanzar hacia Lucania. Este último revés no sentó nada bien en el Senado, que tachó a Craso de incompetente y demasiado defensivo. Por suerte para los romanos, la guerra de Hispania había concluido y el competente general Cneo Pompeyo Magno estaba de regreso, junto con sus legiones de veteranos. Además, el Senado ordenó a Marco Terencio Varrón Lúculo, procónsul (gobernador)de Macedonia, que acudiera por mar con sus legiones para ayudar a derrotar al ejercito de Espartaco. La idea de los romanos era atrapar a los esclavos rebeldes entre sus tres ejércitos: Craso, Pompeyo y Lúculo, que en total sumaban más de 20 legiones, y aplastarlos definitivamente.

Para desgracia de Espartaco y su causa se produjo una nueva disensión en sus filas, justo en el momento en que era más importante estar unidos un contingente de 30.000 ex-esclavos galos y germanos, al mando del ex-gladiador Gannicus decidió hacer la guerra por su cuenta y tras separarse de Espartaco decidieron atacar a los romanos, siendo totalmente aniquilados por las legiones de Craso en las inmediaciones del Monte Soprano.

Espartaco con los 80.000 hombres (más o menos) que le quedaban se dirigió hacia Bríndisi con intención de cruzar el mar Adriático y desembarcar en Grecia o Iliria. Obviamente para llevar a cabo este plan necesitaría una flota y no la tenía. Personalmente pienso que Espartaco había vuelto a ser engañado por los piratas cilicios, los cuales le prometieron embarcar a sus hombres para dejarle luego en la estacada. Este engaño es bastante verosímil ya que cuando Espartaco llegó a Brindisí encontró una flota esperándole, pero no la flota pirata sino la flota de Lúculo, que había desembarcado en Bríndisi con sus hombres. Los cilicios habían vendido a Espartaco o la suerte le era esquiva, el caso es que la trampa romana se cerraba cada vez más sobre los esclavos. Tras retroceder de nuevo, el ejercito esclavo se encaminó hacía Apulia, lugar en el que en Espartaco libraría su última batalla. Corría el año 71 a.C y la rebelión de los esclavos, también conocida como Tercera Guerra Servil (73-71 a.C), llegaba a su fin.

Esta última batalla de los esclavos, denominada “batalla del Río Silario” por disputarse en una llanura cruzada por dicho rio, nació del desesperado intento de Espartaco de derrotar a Craso antes de que éste pudiera unir sus fuerzas con Pompeyo. Si Espartaco hubiera vencido podría haber tenido un tiempo de respiro, pero al fin el resultado sería el mismo. No se podía ganar una guerra de desgaste contra Roma sin tener recursos similares o superiores, la única opción era salir de Italia o morir. Sin medios para salir de Italia, Espartaco y los suyos decidieron morir como hombres libres.

La batalla del río Silaro fue una autentica carnicería, la superioridad táctica de los romanos en campo abierto decidió la batalla y los esclavos fueron masacrados. Espartaco, herido en una pierna en los primeros compases de la batalla, intentó llegar hasta Craso para intentar matar al general romano antes de morir, pero no lo logró y finalmente cayó muerto (se cuenta que antes de morir llego a combatir de rodillas al no poder sostenerse ya en pie por sus heridas). La caída de su líder desmoralizó a los esclavos y la victoria romana fue bastante fácil.

Cerca de 60.000 esclavos murieron en la batalla, por tan solo 1.000 bajas de los romanos. Otros 6.000 esclavos cayeron prisioneros y Craso, decidió dar con ellos un escarmiento y una advertencia a todos los esclavos que en el futuro pensaran fugarse: todos los prisioneros fueron crucificados a lo largo Vía Appia, entre Capua y Roma.
Los aproximadamente 5.000 esclavos que lograron huir de la batalla se dirigieron hacia el norte con la idea de escapar hacia los Alpes. Pero para su desgracia se toparon con las legiones de Pompeyo y fueron aniquilados también.

La leyenda (y el cine) dice que un puñado de esclavos, entre ellos la mujer de Espartaco; Varinia, y su hijo consiguieron escapar a la Galia Transalpina y vivir en libertad. Personalmente creo que es harto difícil que lo lograran, teniendo en cuenta la determinación que ponían los romanos en borrar a sus enemigos de la faz de la tierra.

El fin de la rebelión dejaba a la Italia romana devastada por la guerra, mas de 100.000 esclavos habían muerto, lo que afecto enormemente al sistema de producción y a la economía romana. Como solución a este problema de falta de mano de obra esclava los romanos recurrirían a la solución que mas esclavos podía aportarles en menor tiempo y a menor coste: nuevas guerras de conquista (por ejemplo la Guerra de las Galias, iniciada 13 años después, que aportaría a Roma casi un millón de esclavos).

El fin de la esclavitud llegaría con la crisis del imperio romano y la aparición del cristianismo. El fin de la civilización antigua y la llegada de la Edad Media fue también la llegada de un nuevo sistema económico y el fin transitorio de la esclavitud. Fenómeno que volverá a aparecer en los siglos XVII-XVIII con los esclavos africanos esclavizados para trabajar en las colonias de América.

Pese a su trágico final, Espartaco se convirtió en una leyenda y en un ejemplo que perdura aun en nuestros días, mas de 2000 años después. Espartaco demostró que unos pocos pueden conseguir grandes cosas mientras tengan la determinación y la fuerza de conseguir oponerse a sus opresores y luchar por la propiedad más valiosa del ser humano: la Libertad.

jueves, 2 de mayo de 2013

Biblos


Los fenicios fueron los grandes mercaderes del mundo antiguo.
En el largo período que va del año 2500 a.C. al 500 a.C., aproximadamente, sus naves surcaron incansablemente las aguas del Mediterráneo, desde el Próximo Oriente, al este, hasta las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), al oeste. Cargando en sus vientres las riquezas de Egipto, Asia Menor, Grecia, Italia, África del norte y Tartessos, los barcos fenicios navegaron por las aguas del Egeo, el Tirreno, el mar Negro e incluso el océano Atlántico, hasta las islas Canarias y el golfo de Guinea. Todo este intenso tráfico partía de un puñado de prósperas ciudades que jalonaban la costa de los actuales Estados de Siria y Líbano, entre las cuales hubo tres que destacaron con luz propia, la «tríada» de urbes fenicias que dominaron durante largos siglos el comercio en el Mediterráneo oriental: Sidón, la ciudad de la realeza; Tiro, la gran capital del dios Melkart, y Biblos, la Ciudad de la Colina, la más antigua de todas ellas, que mantuvo durante siglos una privilegiada relación con el Egipto faraónico.




Situada unos 40 kilómetros al norte de Beirut, en el Líbano, Biblos surgió, como otras ciudades fenicias, en un promontorio, entre dos ensenadas que se habilitaron como puertos. Se trata, sin duda, de uno de los asentamientos humanos estables más antiguos del Levante mediterráneo, puesto que sus orígenes pueden remontarse, cuando menos, al VI milenio a.C. Primitivamente estuvo englobada en la región habitada por los cananeos, pueblo semita instalado entre el Mediterráneo y el río Jordán. Su nombre originario, y que mantuvo durante largo tiempo, fue Gubla (según los archivos de Amarna) o Gubal o Gebal (en cananeo), la Ciudad de la Colina, hoy Jebail. Su fundación se atribuía a la principal divinidad cananea, el dios El, y a principios del III milenio a.C. la ciudad contaba con dos grandes templos monumentales dedicados a Baalat Gebal, la «Señora de la Ciudad», y a su consorte, Baal Shamin; en ellos, los arqueólogos han hallado fragmentos de tres estatuas colosales dedicadas a divinidades semíticas. Por entonces la ciudad quedó igualmente rodeada por un circuito de murallas. Existen también referencias sobre el sistema de gobierno de Biblos en esta fase temprana de su historia. Al parecer, la ciudad estaba gobernada por reyes, auxiliados en sus tareas de gobierno por un consejo asesor, los Señores de la Ciudad o el Consejo de Ancianos.



Un gran emporio comercial

A lo largo del III milenio a.C., Biblos se convirtió en el enclave comercial más floreciente de todo el Próximo Oriente. Su flota –formada por gauloi, las típicas naves mercantes de forma redondeada, e hippoi, naves ligeras de transporte con un mascarón de proa en forma de caballo– llegó a ser la más poderosa del Mediterráneo. El esplendor de Biblos en esta época se debió a su estratégica posición geográfica, en la confluencia de las rutas comerciales del Mediterráneo y la costa siriofenicia con el interior de la tierra de Canaán y con Anatolia, Mesopotamia, las costas del Mediterráneo Oriental, pero también el litoral africano y el valle del Nilo. Los grandes imperios del Próximo Oriente –acadios, hititas, asirios...– mirarían hacia Biblos como vía de suministro de los artículos más apreciados durante la Edad del Bronce, tales como madera, tintes, incienso o metales preciosos. Pero fue con el Egipto faraónico con quien la Ciudad de la Colina estableció una relación más íntima y prolongada, que no se limitó únicamente a los intercambios comerciales, sino que también fue a veces de dependencia política y, en todo momento, de profunda influencia cultural.



Para Egipto, Biblos era un socio mercantil de importancia fundamental. A través del emporio libanés, los egipcios se surtían de metales procedentes del norte, sobre todo de estaño, que se adquiría en las misteriosas islas Casitérides, tal vez las islas Británicas, así como resinas aromáticas, aceites y vinos. Un artículo especialmente valioso que los egipcios obtenían de Fenicia era la madera; dado que en el valle del Nilo sólo contaban con madera de palmera, inservible para la construcción monumental existía una gran demanda de maderas resistentes y preciosas del Líbano, en particular el apreciado cedro, imprescindible para la arquitectura real egipcia. Estos contactos con Biblos tuvieron eco incluso en uno de los mitos principales de la religión egipcia, el de Isis y Osiris; en efecto, los egipcios creían que fue a Biblos adonde la diosa Isis viajó para recuperar parte del cuerpo de Osiris, su hermano y esposo descuartizado por su malvado hermano Set, antes de regresar al Doble País del Nilo.

En su dilatada historia, Biblos atravesó por numerosas vicisitudes. Hacia 2300 a.C. fue ocupada por los amorreos, un pueblo nómada que se extendió por Siria, Canaán y la región al este del Éufrates, y que reemplazaron en el trono giblita a las dinastías cananeas. La ocupación amorrea favoreció la extensión de las influencias artísticas egipcias, haciendo que en los talleres de artesanía de Biblos se adoptara un estilo de marcado sello egipcio, como revelan las figuritas y exvotos, adornos personales y joyas localizados por los arqueólogos, vestigio de un comercio de exportación que alcanzó una gran dimensión. De esta época data asimismo el templo de los Obeliscos, construido sobre un antiguo templo cananeo. El templo estaba dedicado a una divinidad masculina, posiblemente Reshef, y contaba con un patio interior abierto donde se levantaban estelas y obeliscos votivos. Hacia 1740 a.C., los hicsos arrasaron algunas zonas de Biblos en el curso de su expansión conquistadora hacia Egipto. Luego, entre los siglos XVI y XIII a.C., los reyes de Biblos hubieron de reconocer la soberanía egipcia, en la época en que los grandes faraones de la dinastía XVIII, como Tutmosis III o Amenhotep III, extendieron su dominio por toda la región, y rivalizaron con los reyes hititas y de Mitanni por la hegemonía en la zona. En la correspondencia diplomática descubierta en Amarna, la efímera capital del faraón Akhenatón, hay evidencias de la entrega de tributos por parte de los monarcas giblitas a los faraones.




La ciudad del papiro

Biblos no escaparía a las invasiones de los llamados «pueblos del mar», las hordas de guerreros procedentes de Asia Menor o del Danubio que saquearon gran parte del Mediterráneo oriental en torno a 1200 a.C. Pero, a diferencia de otras ciudades fenicias, que entraron en un largo período de declive, recuperó pronto su actividad comercial, aunque no tardó en verse superada por Tiro, el núcleo fenicio más pujante en los primeros siglos del I milenio a.C. Abundan en esta época los testimonios sobre el vigor mercantil renovado de la Ciudad de la Colina, recogidos en varios de los libros que conforman la Biblia judía.

El comercio de madera seguía siendo una de las bases de la prosperidad de Biblos. Destacaban el olivo, la encina, el ciprés, el pino y, sobre todo, el preciado cedro, tan valioso para la arquitectura de la época. Metales anatolios, así como marfiles y oro africanos, constituían parte del cargamento de las naves mercantes fenicias. Los habitantes de Biblos se habían ganado también una gran reputación como constructores navales. Por ejemplo, en el libro bíblico de Ezequiel (siglo VI a.C.) aparece un pasaje en el que se describe una nave fenicia fabricada con madera de Senir (el monte Hermón, situado entre Israel, Líbano y Siria) y del Líbano, con velas egipcias y un toldo púrpura y escarlata procedente de las islas de Elisá (tal vez la costa oriental de la isla de Chipre). También se especifica la composición de la tripulación: los remeros son de Sidón y Arvad; los timoneles, de Tiro, mientras que los «artesanos para reparar las averías» proceden de Biblos, una inequívoca alusión a la fama de los giblitas como constructores de navíos.

Sin embargo, el artículo comercial más expresamente asociado con Biblos es uno procedente de Egipto: el papiro. Los egipcios habían desarrollado una auténtica industria en torno a esta planta que crecía a orillas del Nilo y con la que se elaboraban finas láminas que constituían un soporte ideal para la escritura. La demanda de papiro fue en constante aumento en el Mediterráneo oriental, donde desde finales del II milenio a.C. se desarrollaron formas complejas de escritura, en particular el alfabeto, una escritura fonética elaborada por los mismos fenicios en torno al año 1100 a.C. La ciudad de Biblos logró hacerse con el control del comercio y la distribución del papiro en todo el Próximo Oriente y el Mediterráneo. Esta vinculación con el comercio del papiro llegó al punto de que ésa fue la razón de que la ciudad, Gebal, fuera también conocida como Biblos, que era el nombre que los griegos daban al papiro egipcio.




El viaje de Uenamón

Existe un documento de gran valor que ilustra las relaciones que Biblos seguía manteniendo con Egipto en torno al siglo XI a.C. El Relato de Uenamón es un papiro conservado en una biblioteca de Moscú (denominado por los especialistas Papiro Pushkin o Papiro de Moscú) en el que se narran las peripecias de un egipcio llamado Uenamón (o Wenamún) enviado en misión diplomática y comercial a las ciudades fenicias del Levante. Desde que el texto fue traducido por el egiptólogo británico Alan Gardiner en la década de 1930, los estudiosos discuten si se trata de un texto histórico, que relata un viaje que tuvo lugar efectivamente, o bien de una narración novelesca, como actualmente tiende a creerse, aunque esto último no restaría interés a este singular texto que ofrece una vívida descripción de cómo podía desarrollarse una expedición comercial hace tres mil años.

Según el papiro, Uenamón era un sacerdote de Karnak que fue enviado a Biblos con una misión precisa: conseguir madera para construir la barca del dios Amón. En el camino, el navío hizo una parada en el puerto de Dor, donde su barco fue desvalijado. Al pedir una compensación al príncipe de Dor, éste se negó al considerar que el robo había tenido lugar en un barco extranjero. Al llegar a Biblos, Uenamón halló una recepción hostil, hasta el punto de que debió esperar casi un mes entero en la costa sin que atendieran sus peticiones. Finalmente, cuando ya estaba a punto de partir, se le anunció que sería recibido en audiencia por el rey de Biblos, Zacharbaal. «Lo encontré sentado en su sala de arriba –dice Uenamón en el relato–, apoyando la espalda a una ventana, mientras las olas del gran mar de Siria batían detrás de él». El monarca lo trató con brusquedad. Le preguntó primero a qué había venido, a lo que Uenamón respondió que su misión era la habitual, la de reclamar la entrega de madera a modo de tributo al faraón. Zacharbaal replicó airado: «No soy ni tu sirviente ni el de quien te ha enviado», y se negó a entregar la madera hasta que se le pagara debidamente. Uenamón hubo de enviar un mensajero a Egipto, que volvió con los artículos por los que podría canjear la madera: oro, plata, lino de la mejor calidad, 500 rollos de papiro, 500 pieles de bueyes, 500 rollos de cuerda, 30 medidas de pescado... Sólo entonces ordenó el rey de Biblos a 300 de sus hombres talar los árboles que esperaba el enviado egipcio. Tras casi un año en Biblos, Uenamón pudo emprender el retorno, pero entonces un temporal lo arrastró a Chipre, donde estuvo a punto de morir a manos de una multitud antes de ser salvado por la reina del lugar. La narración se interrumpe aquí.

El viaje de Uenamón pone de relieve hasta qué punto Egipto había perdido influencia en el Próximo Oriente a principios del siglo XI a.C. En efecto, si en otros tiempos los reyes de las ciudades fenicias remitían sus tributos a la corte egipcia, ahora Uenamón tuvo que soportar, en su búsqueda de madera de cedro, las exigencias de los antiguos tributarios, que adoptaban una actitud desafiante inimaginable tiempo atrás, a la vez que alardeaban, como hacía el rey de Biblos, de la potencia de su flota comercial, dotada de cincuenta naves de cabotaje y de otras veinte de mayor envergadura.

Pero también a Biblos le llegó la decadencia. Eclipsada un tanto desde inicios del I milenio a.C. por la opulenta Tiro, en el siglo VI a.C. cayó bajo el dominio del Imperio persa, como las demás ciudades fenicias. Biblos conservó cierta autonomía e hizo valer su poderío naval como aliada del Gran Rey, pero los días en que era la señora de los mares pasaron a la historia. Aún más, tras ser conquistada por Alejandro Magno en 332 a.C., la ciudad fue reconstruida según un modelo helenístico y con el tiempo, su pasado fenicio quedó sepultado bajo las construcciones de Roma, el Islam y los cruzados.
 
 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Los romanos no usaban el cero

Cuando hablamos de números romanos, nos damos cuenta de que en el imperio romano se comenzaba a contar con el número uno.

Hay diferentes sistemas numéricos, y cada uno de estos tiene que ver con el avance de los pueblos que los utilizan. Hoy en día, nosotros usamos el sistema posicional, en el que el valor de un carácter depende de su posición. Por ejemplo, el 3 tiene diferentes valores si el número es 325 que 453.

Sin embargo, los romanos, como otras grandes civilizaciones como los griegos, los aztecas o los pre-árabes, utilizaban el sistema aditivo, es decir, que es la transcripción de lo que contamos. Por tanto, el V solo puede ser V (cinco o 5).

Los sistemas aditivos, mediante métodos como el ábaco, pueden llegar a convertirse en sistemas más avanzados como el posicional. Los romanos jamás utilizaron la aritmética para realizar cuentas, pero sí este artilugio. Pero frente a otros pueblos, como los aztecas, los hindúes, en China y en Babilonia, los romanos no dieron ese salto evolutivo matemático.

Los sistemas posicionales utilizan un símbolo discreto y convencional para representar a los números, mientras que los sistemas aditivos realizan una representación gráfica de ese número. Además, los sistemas aditivos necesitan símbolos especiales para números de orden mayor en magnitud que el número base, por ejemplo, de 100 o de 1000.

Precisamente, por tener un sistema aditivo, los romanos no necesitaban el cero. Para expresar cifras como 2002, utilizaban MMII, sin necesidad de indicar que entre los dos 2 había ausencia de cientos y decenas.

Por su parte, las primeras civilizaciones con sistemas posicionales utilizaban huecos en la escritura, aunque eso generaba muchos errores de comprensión, y poco a poco se fue creando el cero como hoy lo conocemos.
 
Origen del cero

El cero es un carácter que significa vacío, no solo es un marcador de posición, sino un número real que tiene un significado (nada, nulo, ninguno). Sin el cero hoy no existiría la matemática moderna.

El cero nació en la India, durante la dinastía Gupta, en el siglo VI, mediante un largo proceso. Gracias a esta invención, la civilización más venerada por el mundo occidental, que es la romana, pasa a ser una “burra” de las matemáticas, ya que sin cero no hay forma de hacer un montón de cálculos, al tiempo que muchos otros darán resultados erróneos.

Hoy en día, son los números árabes los que todos utilizamos, gracias al matemático árabe al-Khwarizmi, que lo adoptó y lo introdujo en Europa.

Por su parte, los antiguos mayas hicieron su propio cero, con forma de concha estilizada, y cuyo sistema estaba basado en base 20, y no 10.

martes, 19 de marzo de 2013

Ibn Battuta

Durante treinta años, a lo largo de incesantes travesías a pie, en camello o por mar, Ibn Battuta recorrió el mundo conocido en el siglo XIV, desde el Sáhara hasta China y desde Rusia a la India.

A los 21 años Ibn Battuta abandonó su casa natal en Tánger, en Marruecos, con el propósito de cumplir con uno de los cinco mandamientos de la fe musulmana, la peregrinación a La Meca, y ya de paso ampliar sus estudios jurídicos en Egipto y Siria. «Me decidí, pues, en la resolución de abandonar a mis amigas y amigos y me alejé de la patria como los pájaros dejan el nido», escribiría más tarde. No volvió hasta después de cumplir los 45 años, y sólo para partir de nuevo a otros dos viajes, por al-Andalus y el sur del Sáhara. En total, durante casi treinta años, entre 1325 y 1354, viajó por medio mundo, desde el norte de África hasta China, recorriendo el sureste europeo, Oriente Medio, el centro y sureste de Asia, Rusia, India, Kurdistán, Madagascar, Zanzíbar, Ceilán o, en el Occidente, los reinos de Aragón y de Granada y el de Mali, que visitaría en viajes posteriores. En total, recorrió más de 120.000 kilómetros y conoció a más de 1.500 personas, a muchas de las cuales cita puntualmente en su libro de viajes.
Lo poco que se sabe de este viajero excepcional está recogido en su Rihla, el relato de su viaje. Sobre su persona, su formación y su familia, Ibn Battuta nos dice apenas que peregrinó cuatro veces a La Meca y se casó y se divorció en varias ocasiones durante su periplo. Cuando inició su andadura los navíos aragoneses, venecianos y genoveses controlaban el Mediterráneo, pero a lo largo de su travesía sólo pisó tierras cristianas en Cerdeña (perteneciente a la Corona de Aragón) y Constantinopla, capital del Imperio bizantino.

Ciudades maravillosas

Ibn Battuta alabó la belleza de varias ciudades, entre ellas Alejandría: «Esta ciudad es una perla resplandeciente y luminosa, una doncella fulgurante con sus aderezos…», aunque le decepcionó el mal estado en el que se encontraba su famoso faro. Tras visitar El Cairo y recorrer el Nilo aguas arriba, atravesó la península del Sinaí camino de Palestina y Siria, hasta llegar por primera vez a La Meca en septiembre de 1326. Después emprendió viaje hacia las regiones de los actuales Iraq e Irán, donde visitó ciudades como Tabriz, Basora o Bagdad. De nuevo en La Meca, donde pasó tres años, preparó un nuevo viaje que le llevaría por Yemen y Omán hasta la costa oriental africana y el golfo Pérsico. Al llegar a las desembocaduras de los ríos Tigris y Éufrates dio testimonio de la riqueza de la agricultura mesopotámica.

Gracias a su excelente memoria y a sus buenas dotes de observación, en todos los lugares recogió anécdotas, milagros, impresiones del paisaje y toda clase de noticias sobre formas de vida. Comía y dormía donde podía, unas veces en suntuosos palacios, gracias a la hospitalidad de sultanes y cadíes asombrados por sus aventuras, y otras en humildes albergues y zagüías (ermitas) donde se cultivaba la hermandad entre musulmanes. Actuó prácticamente como un misionero, fomentando la fe musulmana, y como juez o alfaquí gracias a su modesto conocimiento en leyes, formación heredada de su padre. En cierta ocasión tuvo que castigar a un ladrón indio con la amputación de la mano.
Ibn Battuta se quedó asombrado de las costumbres de los jinetes tártaros, los mejores del mundo, que bebían la sangre de sus propios caballos mientras galopaban. En la India asistió horrorizado a la cremación del cadáver de un hombre cuya viuda se arrojó a la misma pira para que su familia alcanzara fama y honra mediante esa muestra de lealtad. Viajó a la «Tierra de las Tinieblas», el noreste de Rusia, cuyos habitantes comerciaban con pieles de armiños y martas; conoció a la tribu de los caras de perro; cruzó los mares más lejanos, como el Caspio y el Aral; recorrió una parte de la Ruta de la Seda, y hasta alcanzó las costas de las exuberantes islas Maldivas, al sur de la India, donde disfrutó de placeres gastronómicos y sexuales. Más tarde recordaría en su libro: «Yo tuve en estas islas cuatro mujeres, aparte de las esclavas [...] durante un año y medio que estuve allí».

 

Leyendas de la India

En la isla de Ceilán le aseguraron que la huella del pie de Adán se encontraba allí, en el monte Sarandib, y le contaron extrañas historias sobre sanguijuelas voladoras, cuyas picaduras se curaban con limones, o sobre monos con bastones que dialogaban entre sí. En la India, donde estuvo siete años, vio por primera vez un rinoceronte y le llamaron la atención las plantas del alcanfor y el clavo, mientras que en la isla de Java le sorprendió la costumbre de los siervos que se dejaban decapitar por amor a su rey. Durante su travesía pasó hambre y sed. En una ocasión fue atacado por rebeldes hindúes pero consiguió salir con vida; después, una tormenta hundió el barco en el que viajaba rumbo a Java y tras ser rescatado de las aguas fue asaltado por un grupo de piratas.
Ibn Battuta pudo escapar de la Peste Negra en Siria purgándose de la fiebre con una infusión de hojas de tamarindo, aguantó una diarrea provocada por un atracón de melones, estuvo a punto de morir por una intoxicación en Mali, conoció de cerca las barbaridades destructivas de los mongoles y padeció los rigores del invierno ruso cuando recorrió las tierras de la Horda de Oro (Rusia, Ucrania, Uzbekistán y Kazajistán), una parte del viejo Imperio mongol, en descomposición tras la muerte de Gengis Kan en 1227: «El maldito Tankiz [Gengis Kan] el tártaro, abuelo de los reyes de Iraq, la asoló –dice refiriéndose a la ciudad de Bujará–. Ahora casi la totalidad de sus mezquitas, madrazas y zocos están en ruinas».

 

Un peregrino con suerte

Según su testimonio, la única manera de combatir los fríos de la estepa era ir bien abrigado, aunque ello le provocara problemas con la montura: «No podía montar yo solo a caballo por la mucha ropa que llevaba puesta: tenían que subirme a la caballería mis compañeros».
Ibn Battuta fue un viajero incansable, un observador atento y un peregrino piadoso que improvisaba en función de los acontecimientos. Su inquietud por el conocimiento le llevó más lejos de lo pensado y lo hizo desviarse de su destino original en muchas ocasiones. Recorrió tres veces más distancia que Marco Polo, el veneciano que viajó por el Imperio mongol a finales del siglo XIII, y muchos más kilómetros también que otros grandes viajeros medievales como el granadino Abu Hamid y el valenciano Ibn Yubayr (ambos del siglo XII), el tunecino Ibn Jaldún (unos decenios posterior) o el diplomático español Ruy González de Clavijo, que visitó la corte de Tamerlán en Samarcanda a principios del siglo XV.
Sin embargo, el trato con pueblos diversos durante tanto tiempo no modificó sus ideas morales y religiosas, inspiradas en la lectura del Corán. Censuraba costumbres como la presencia de mujeres con los pechos descubiertos en las islas Maldivas y la promiscuidad de la población negra de Mali; por ello, su ideal femenino lo encontró en la región india de Hinawr, cuyas mujeres eran bellas, castas y aplicadas en el conocimiento del Corán. Criticó también de forma despectiva todo aquello que se desviaba de los principios morales y religiosos del Islam, como las leyendas faraónicas. En cambio, sintió gran admiración por un asceta musulmán de Delhi que ayunaba diez y hasta veinte días seguidos; Ibn Battuta quiso imitarlo, pero el jeque lo disuadió, aunque pasó con él cinco meses.

 

El testimonio de un viajero

Al volver a Marruecos en 1355, Ibn Battuta recibió del sultán meriní de Fez, Abu Inan, el encargo de recopilar por escrito todas las experiencias de sus viajes. La obra resultante se tituló Presente a aquellos que contemplan las cosas asombrosas de las ciudades y las maravillas de los viajes, aunque pasó a la historia con el nombre de Rihla, «El viaje». El texto fue dictado por Ibn Battuta a un poeta granadino que había conocido tiempo atrás, Ibn Yuzayy, quien incorporó a la obra citas literarias de su cosecha, poesías y seguramente elementos imaginarios. El propio viajero, que había perdido en Bujará (Uzbekistán) el cuaderno de viaje que llevó hasta entonces, tuvo que hacer un esfuerzo para recordar episodios que podían remontarse hasta treinta años atrás. Tal vez por esa razón la obra carece de la vivacidad, frescura y espontaneidad de los relatos escritos al hilo de las experiencias. Pese a ello, la Rihla de Ibn Battuta es un documento excepcional sobre el estado del mundo musulmán en una de sus épocas de plenitud y sobre la pasión exploradora del mayor viajero de la historia del Islam.

viernes, 22 de febrero de 2013

Construcción pirámides de Egipto





Uno de los aspectos que más llama la atención acerca de estas colosales construcciones es la forma en la que hicieron, ya que entre otras cosas, los Hombres del Antiguo Egipto construyeron estas edificaciones hace más de 4.500 años, en medio del desierto y con herramientas que hoy no nos servirían prácticamente para nada.
Las pirámides de Egipto y la falta de evidencias



Los métodos, los medios y la forma en la que se construyeron las pirámides de Egipto es un tema que le ha quitado el sueño a los historiadores, arqueólogos y a diversos miembros de la comunidad científica durante muchos años. De hecho, aún hasta nuestros días es un tema de debate constante y todo ello se debe a que no existe absolutamente ningún registro que hable de los planes ni métodos para la construcción.

Así es que muchos arqueólogos e ingenieros, basándose en los pocos datos que se pueden recabar, han trabajado en formular diversas teorías para dar con la forma en la que se construyeron las pirámides. Algunas parecen ser muy eficaces mientras que otras parecen sacadas de un cuento de ciencia ficción, veamos algunas posibilidades.


La construcción de las pirámides



El proceso de construcción de las pirámides puede dividirse en unas cuatro etapas. En primer lugar se realizaba la topografía y la excavación para la pirámide, en este punto se buscaba el lugar adecuado, se le daba la orientación y se cavaban agujeros realmente gigantes, desde donde se comenzaría la construcción. Mientras tanto, se conseguían y se elaboraban los materiales necesarios para toda la construcción que en el tercer punto, se transportaban desde el lugar de extracción hasta la zona de construcción.



Eran cientos de miles de hombres, especialmente esclavos, que eran brutalmente explotados y que constituían la mano de obra fundamental para la construcción. Esta mano de obra constaba de muchísimos hombres provenientes de pequeños grupos aledaños capturados por los egipcios, los cuales se llevaban a Egipto y se esclavizaban para utilizarlos en la construcción de las pirámides.

El cuarto punto refería a la logística y la planificación del trabajo. Los egipcios debían mantener fuerte y bien alimentada a la mano de obra, por lo cual se los alojaba en las cercanías y se les daba de comer. Todo esto era supervisado por el faraón y los miembros más altos de la sociedad egipcia.

Cada parte del proceso era fundamental y absolutamente necesaria. En primera instancia, los ingenieros tenían que buscar el lugar adecuado en el cual se podía construir la pirámide. Allí se tenían en cuenta una amplia serie de factores, tales como la resistencia del suelo o su disposición con respecto a las estrellas; ya mediante ecuaciones y cálculos geométricos de acuerdo a la posición de las estrellas se calculaban las medidas necesarias y se realizaban los trazos necesarios para la posterior construcción.



Una vez se terminaba con los pronósticos, comenzaba el trabajo duro. Los esclavos debían extraer piedra caliza, granito, basalto y yeso sin herramientas de hierro, lo cual era un verdadero reto. Más aún era transportarlo a través del desierto, por lo cual el trabajo de los matemáticos y estrategas era fundamental para aprovechar la fuerza de los obreros al máximo. Ayudándose de diferentes materiales, como troncos, sogas y demás, los materiales se transportaban por ejemplo haciendo palanca.

No obstante, nuevamente, no existe una explicación 100% convincente acerca de cómo estos hombres llegaban a mover rocas de más 2.5 toneladas por medio del desierto y luego las apilaban a metros y metros de altura. En este caso, por ejemplo las ruedas no hubieran servido de nada ya que estaban en el desierto. Se estima que algunos materiales eran transportados en rodillos de madera y otros en barcos por el Nilo. Los egiptólogos estiman que durante la construcción, los trabajadores colocaban un promedio de 300 rocas de estas características por día.

Entre otras teorías, se mencionan métodos referentes a ruedas, como rodillos, sistemas de palanca, rampas......